Una conciencia creadora: Vincent Van Gogh

Una lectura de las cartas a Theo


Humberto Ortiz Buitrago


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Acercarse a la lectura de la correspondencia de Vincent Willen Van Gogh (Zundert, marzo 1853 - Auvers, julio 1890) entraña casi irremediablemente una morbosa curiosidad por indagar en las intimidades de la vida de este pintor holandés convertido en una de las leyendas más llamativas y valiosas de la cultura actual bajo la categoría del “gran artista loco”, o mejor, de “genio de la pintura” cuyos cuadros valen hoy una fortuna [1]. No obstante, una vez comenzadas a leer las cartas dirigidas a su hermano Theo, subyuga la autenticidad de una escritura que delata un temperamento rudo y suave al mismo tiempo; sorprenden las detalladas descripciones de la naturaleza, las profundas indagaciones técnicas sobre la pintura y el color, los comentarios sobre otros pintores contemporáneos o del pasado; sus agudas reflexiones sobre el arte en general y del papel que el artista ha de desempeñar. Pero ante todo, causa una inmensa admiración el inmenso interés de Vincent Van Gogh por exponerle a su hermano y confidente los procesos de elaboración de sus proyectos artísticos y sus opciones estéticas, cargadas de un profundo sentido pictórico y existencial. Todo esto resaltado entre las “extravagancias” lingüísticas que –al decir de los estudiosos– cometía tanto en su idioma original (holandés) como en el francés y en el inglés [2].


Vincent no se lamentó nunca directamente de sus padecimientos psíquicos o económicos, y cuando lo hizo, fue siempre en referencia a su actividad. Claro que se hace evidente que tales padecimientos formaban parte innegable de una vida que se podría catalogar de difícil; pero a pesar de esto, en los momentos críticos hubo siempre un interés por llevar esas dificultades sin lamentos exagerados y hasta con una dignidad sorprendente. Lejos de mostrarse como un demente, en sus cartas la afamada locura del pintor se disuelve bajo la claridad de una conciencia atenta a la frágil situación anímica, física y económica que vive. Esto permite suponer una particular lucidez introspectiva para enfrentarse a la vida, por abrirse paso en ella junto a las dificultades y ofrece, además, la posibilidad de una profunda reflexión sobre el dolor de la condición humana en general y, en lo individual, sobre la vida de un hombre que se empeña –quizás más allá de sus fuerzas– en ser honesto consigo mismo y fiel a las posibilidades expresivas del arte entendido como aprehensión y contacto íntimo con la realidad. “Este afán de claridad, de sinceridad, de una concepción realista y sin ilusiones –co