Mirar es inventar


Josefina Núñez


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A la memoria de Gustavo Gutiérrez


Un árbol tiene una forma, digamos, floreada. Un perro es como una mesa, pero con cabeza. Un lápiz, ese palito con corazón mineral, es un trazo de lluvia, de horizonte, de escultura de Giacometti. Así, todo cuanto podemos ver y hasta lo que no vemos, tiene una forma, su forma.


Podemos definir algunas, otras no, porque se mueven y cambian. Podemos decir: «se parece», y por asociación nos aproximamos a ellas. Cuando nos acercamos con interés a mirar algo, somos como explorado­res, científicos y poetas, filósofos y artistas. Pero sobre todo, somos unos curiosos.

Acercarnos es como poner una lupa entre el ojo y lo que observamos. Pero sólo podemos acer­carnos hasta un punto. A partir de allí, nos queda ver con la imaginación. De esta manera miraron el mundo Leonardo da Vinci, Albert Einstein y otros tantos. Miraron mucho más allá con los ojos cerrados.


Mamá nos mostró el sol redondo. Nos enseñó que la casa y las ventanas son cuadradas, y que el techo, visto desde afuera, a veces es un triángulo rojo. Un señor llamado Euclides también pensó mucho en las formas del universo. Pensó en la bella forma de la pirámide, que se podía medir de un extremo al otro recorriendo sus aristas con una regla, como si fuera un funanbulista. Hizo trucos para ver la sombra de un cuadrado. Y la vio. A la sombra la llamó trapecio. Se dio cuenta de que un punto es un mundo, porque si corres un punto haces una línea, si corres una línea haces un plano, y si corres un plano haces un volumen. Después de correr tanto, el pobre Euclides