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Atrapadas por la historia: Las Hetairas, los raros enunciados femeninos de Gala Garrido

Elizabeth Marín Hernández


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(…) antes de toda palabra, apertura de la inscripción y desviación del tiempo diferido. Es siempre el tema histórico-trascendental el que vuelve a ponerse en juego.

Michel Foucault, en La arqueología del saber.



La historia: ¿De quién?


La historia, o las historias, en su necesidad de ordenamiento, de causas y efectos, de ruptura, de finales y comienzos, a obliterado personajes particulares dentro de sus enunciados. Las razones, en muchos casos, se encuentran en las definiciones dadas en la sexualidad, en las etnicidades, o en la extranjeridad, que expresa su diferencia, su rareza, su exterioridad a los discursos construidos en las narrativas totalizantes, falocéntricas y heteronormadas.


Discursos y enunciados de un aparte, de una extrañeza construida en la ausencia de la acción o de la participación del otro. Condenados a ser personajes curiosos de la historia, a una permanente construcción de sí mismos, a una ausencia-presencia determinada en característica de continua falencia. Algo sucede con estos personajes que no encuentran un asidero real dentro de las narrativas históricas, solo fabulaciones, un fuera del orden, y más si consideramos que todos son un aparte de los enunciados legitimadores, y en ese aparte la historia las mujeres emergen en medio de un


proceso de sutura, en virtud del cual el sujeto queda ligado a la representación y rellena la ausencia u oquedad constitutiva de manera que pueda completar la producción de sentido (…) el sujeto es el punto constante de apropiación por parte del discurso (…); el sujeto está simultáneamente situado en (o por) el discurso y construido en (o por) el discurso [1].


Discursos históricos en los que las mujeres se encuentran suturadas dentro de una serie de afecciones que las han marcado en el hito de una rareza configurante y con ella son situadas, construidas y reconstruidas, sin embargo, por medio de la misma fracturan al discurso histórico falocéntrico, al ser incluidas dentro de una consideración efectista de complementariedad.


Nunca en sí mismas, solo erigidas, a partir de un faltante narrativo en el que el “análisis de los enunciados y de las formaciones discursivas abre una dirección por completo opuesta: quiere determinar el principio según el cual han podido aparecer los únicos conjuntos que han sido enunciados. Trata de establecer una ley de rareza (…)” [2].


Una ley narrativa que centra a un inexistente sujeto femenino, vaciado de su interioridad dentro de una ficción constituyente de su autoformación en el orden histórico de las rarezas. Un orden aparte que reposa –como escribe Foucault– en que no todo está dicho, pues la mujer histórica deshabitada de su subjetividad, se convierte solo en pantalla a ser apropiada, captada, cargada de significación dependiendo del discurso histórico que la modifica, obedeciendo a un lugar de significación vacío en el que se le ubica y que continuamente pretende ser llenado.


Aprovechamiento de la rareza, en medio de formulaciones significantes que hacen usos de las relaciones de fuerza y de poder de lo masculino, de lo falocentrado, y que conjuran a las mujeres dentro del ser atrapadas por la historia en la interioridad de relaciones afectivas y pasivas, frente a la concordancia del sentido determinada por la ley del padre, proveniente del orden patriarcal.


Historias construidas en la negación de la participación de la mujer, pero aún más en la negación de la subjetividad de la mujer y “En esta estructura la mujer está desautorizada, deslegitimizada: no representa sino que es representada [3]”, pero qué se sucede cuando las mujeres se niegan a desaparecer de la historia, a desvanecerse en la interioridad del orden patriarcal y reaparecen continuamente en su exterioridad y su rarefacción emerge en el centro de las narrativas históricas.


Una llamada al discurso totalizante de una historia que continuamente trata, a pesar de sus relativizaciones, de llenar las ausencias y las oquedades a partir de establecer el orden de las rarezas en los discursos, y que comporta –como argumenta Foucault–:


que jamás se ha dicho todo; en relación con lo que hubiera podido ser enunciado en una lengua natural, en relación con la combinación ilimitada de los elementos lingüísticos, los enunciados (por numerosos que sean) se hallan siempre en déficit; a partir de la gramática y del acervo del vocabulario de que se dispone en una época determinada, no son en total, sino relativamente pocas las cosas dichas. Se va, pues, a buscar el principio de rarefacción [4].


Y en ese jamás se ha dicho todo, entra de lleno la historia de las mujeres, contempladas en el brillo de la opacidad de sus historias, marcadas por su sexualidad, por su ser situadas, construidas y reconstruidas por (en) los discursos que expresan continuamente su escansión, un trastorno que los descompone en el aparecimiento de las rarezas históricas.


Mujeres que surgen continuamente fracturando el orden patriarcal, apropiadas, releídas, visitadas una y otra vez con la única intención de no normalizar su rareza, sino de exacerbarla en el compromiso de no limitarlas a un papel pasivo, a una limitación histórica de complementariedad del hombre, como género, o en el refuerzo de la identidad masculina.


Ellas se presentan en su rarefacción y en el orden de su particularidad, asumen el espacio asignado y significado en su desautorización como subjetividad activa, para desde allí elevar su ruptura en los discursos de la ley del padre, y con ello hacer evidente la vacuidad del lenguaje de la historia al mostrar sus trazos en el tiempo, al situar de nuevo sus cuerpos, sus nombres y los conflictos generados por su rareza ante la mirada del sujeto que las ve pero que al mismos tiempo son vistos por ellas.


Sujetos mirados de ida y vuelta que esperan la necesaria reinscripción histórica en la disposición de los discursos, fuera de toda concepción apriorística sobre el género y la sexualidad, pues, otras interpretaciones solo son dables


por la rareza efectiva de sus enunciados, pero que la desconocen, sin embargo, y toman, por el contrario, como tema la compacta riqueza de lo que está dicho, el análisis de las formaciones discursivas se vuelve hacia esa misma rareza, a la que se toma por objeto explícito y trata de determinar su sistema singular, y a la vez, da cuenta de que ha podido haber en ella una interpretación [5].


Enunciados que emergerán en la hechura de la imagen explícita de las rarezas. Mujeres históricas, narradas una y otra vez, apropiadas, reintegradas al orden de las cosas, desde el comportamiento amenazante de lo expuesto de su vaciada y singular subjetividad.


Espacio declarado con el que se construye la propiedad de ser participantes, conscientes del tiempo al que pertenecieron y que se permiten de nuevo hablar de aquello que no ha sido dicho del todo en la totalidad de una narración, que aún se encuentra soportada por el silencio de los textos que ubican a la mujer en la complementariedad pasiva de lo masculino dentro del sistema patriarcal.


Las Hetairas: los raros enunciados femeninos de Gala Garrido


La definición de mujer marcada en la rareza de los enunciados que la determinan por su extrañeza y su ruptura de los históricos totalizantes conduce a la nueve serie de Gala Garrido Las Hetairas (2017), por el camino de la actualización de mujeres que han tenido un papel en la historia, pero que han sido confinadas ha repertorios marginales de actuación. Ellas son textos llevados al silencio, y que ahora se convierten en imágenes manifiestas sobre la condición de la mujer, su participación y acción en diversos tiempos históricos, sin embargo, las narrativas legitimadoras han transformado a estas mujeres en personajes fabulados, casi inexistentes en su subjetividad y autonomía.


Mujeres que son vistas en un estado deseante, superficial, que las situá como objeto más que como sujeto, ya que


A la mujer se le asigna un lugar, y ella aprende a asumir dicho lugar (negativo) de acuerdo con esa representación. Por ese motivo, la diferencia sexual no puede considerarse como una función de género (…) sino como una formación histórica, continuamente producida, reproducida y cristalizada en las prácticas de significación [6].


Prácticas que emplazan a las mujeres en otro espacio, en otro lugar y que han constituido una relación en la cual las falencias del poder y del comportamiento público dado al hombre se ubican sobre ellas. Estas mujeres en carencia permanente son consideras dentro de una construcción artificial en la que solo se expresan en superficie, dependiendo del sistema del orden patriarcal por medio del cual acceden a las estructuras simbólicas del poder y de su ejecución. Ellas se encuentran dispuestas en su rareza, no como herederas culturales de las leyes, ni de los preceptos universales ordenados por el mandamiento del padre.


En este espacio enunciativo, delimitado por la historia y sus relativizaciones, las mujeres no han alcanzado un papel protagónico sino, muy por el contrario, continúan en la ausencia que refuerza al poder, en los principios que se hallan


en el límite que los separa de lo que no se ha dicho, en la instancia que lo hace surgir con exclusión de todos los demás (…) La formación discursiva no es (…) una totalidad en desarrollo (…) que arrastre consigo en un discurso no formulado lo que ya no dice (…) es una repartición de lenguas, de vacíos, de ausencias, de límites y recortes [7].


Lenguas, recortes, ausencias y límites que han confinado a la rareza narrativa de las mujeres históricas, tomadas y reactualizadas por Gala Garrido dentro de una nueva y artificiosa visualización, en la que son llevadas al campo de la imagen en tanto su historicidad contemporanizada ante la relevancia de la construcción de una supuesta identidad femenina explayada, intencionadamente por la artista, más allá de la imagen misma.


De allí, que Las Hetairas se nos presente en un campo de visual acotado a un número reducido de mujeres históricas, con la intención de subrayar la centralidad en la rareza de sus presencias. Cada una de ellas han marcado puntos de quiebre que no han alcanzado a ser interpretados desde ellas mismas, pues siempre han sido tomadas como afirmación del orden de los faltantes, como objetos-imagen sin profundidad, ni diferentes, ni iguales, solo rarezas colocadas y construidas por (en) los discursos “que han influido profundamente en nuestras autoformaciones[8] sobre la condición de mujer, y que la artista cuestiona al traerlas de nuevo al espacio de lo visible en la construcción de una artificialidad escenográfica.


Garrido, a partir de ellas coloca en cuestionamiento la formulación de la imagen femenina como construcción histórica en la interioridad de la fabulación de estas mujeres y de su significación como ‘hetairas’ cuya definición más cercana para nuestro tiempo sería la de cortesana, sin embargo las ‘hetairas’ poseían una clasificación social distinta a la mujer confinada en el gineceo, lugar de habitación de las mujeres en permanente disposición de los sujetos masculinos o de las prostitutas que sostenían relaciones sexuales en tanto intercambio económico. Ellas, las ‘hetairas’, se encuentran en otros lugar de actuación social, dentro de la dificultad de su definición.


Debido a que,


toda mujer que se saliera del rol de esposa era considerada como tal, aunque no mantuviera ningún tipo de trato sexual ni ofreciera favores a los hombres (…) las ἑταῖρα, que no eran prostitutas propiamente dichas, (…) los hombres las consideraban compañeras más que prostitutas, a pesar de los tratos sexuales. Eran las únicas mujeres realmente libres de Atenas, ya que podían asistir a diversos eventos: acudían al ágora, a certámenes de diferente índole y a simposios. También recibían educación, pues aprendían a leer, escribir, a conversar ingeniosamente y probablemente artes eróticas [9].


No obedecer al papel asignado socialmente a las mujeres en el orden de los discursos rompe con el sentido de comportamiento dado –y, como afirma Judith Butler


Ya sea como ley lingüística y cultural que se da a conocer como el principio organizativo inevitable de la diferencia sexual o como identidad forjada a través de una identificación primaria (…), los significados del género están circunscritos dentro de un marco narrativo que unifica ciertos sujetos sexuales legítimos y al mismo tiempo excluye de la inteligibilidad las identidades y discontinuidades sexuales que desafían los comienzos y fines narrativos [10].


Diferenciación y discontinuidad que la artista ubica en sus 'hetairas'. Una extrañeza en el orden del discurso que las confina a el hecho de ser mujeres con independencias restringidas en cuanto su papel histórico, ya que el mismo ha sido marcado por su sexualidad y no por su subjetividad o participación.


De aquí que la construcción histórica de la condición de la mujer se encuentre atrapada dentro de narrativas surgidas a partir de la presencia de la noción de sujeto, delimitada a lo masculino como centralidad universal, donde la mujer solo es expresada como reflejo, en el sentido especular, carente de la autoridad dada por la presencia del falo, pero aún más allá de esto carente de independencia intelectual y sobre todo de la capacidad acción transformativa del tiempo histórico.


De esta manera, las afectaciones generadas por los discursos históricos y sus narrativas someten a la mujer a una doble operación en tanto su rareza que ha


tratado de genderize -marcar sexualmente- la noción de sujeto; para historizarla. Marcar sexualmente e historizar son, (…), dos movimientos estratégicos íntimamente conectados que el feminismo ha mostrado como extremadamente cruciales para toda práctica que aspire a crear un punto de vista crítico sobre las concreciones sociales y culturales del discurso [11].


Garrido inicia su serie en el arranque del genderize que marca a las presencias femeninas, con la intención no sólo de volver a poner en escena a estas fabuladas mujeres, sino el hecho de hacer conscientes sus rarezas en el orden de los discursos. La artista inaugura la puesta en escena de sus ‘hetairas’ con la recreación de Aspacia de Mileto, figura relevante de Atenas del siglo V a.C.


La historia de Aspacia llena de lagunas y de vacíos presenta, en la deliberada imagen elaborada por la artista, a una joven mujer, que en sus atributos nos conduce a la imagen de una mujer extranjera, nacida en Mileto, y que era definida como una ‘hetera’. Una extranjera no podía casarse con un ateniense, y sobre todo cultivada e instruida, pero ausente del poder de representarse a sí misma como sujeto propio, como consecuencia su historia se desdibuja en su rareza (Img.1).


Img.1. Gala Garrido: Aspacia de Mileto, 2017

(Cortesía de la artista)


De ella sabemos su hecho de ser ‘hetaira’, que confirma la educación de la misma, sin embargo su papel en la historia solo se expresa en su influencia sobre Pericles, su capacidad intelectual unida a una profunda discriminación no solo como mujer sino también como extranjera. Aspacia expresa su rareza, en la singularidad de su presencia no solo sexuada sino también ajena al territorio en el que se encuentra.


Rareza pura en el orden del discurso, que es recogida en la marginalidad constituyente del entorno de las mujeres pensadas fuera de lo normativo, pero en ese afuera la imagen de Aspacia reclama su enunciado. Un enunciado que le confiere un estatuto no especular de lo masculino, ni visto en carencia, sino un enunciado histórico que narrativice su presencia a partir de la comprensión y el cuestionamiento de la operación del genderize, como marca sexuada, que afecta directamente a la acción de historizar a partir de considerarla como un no sujeto universal, como no portadora de la verdad, sino que es ubicada dentro de una valoración negativa de sus acciones en la carencias propias de lo femenino, es decir, en su rareza.


Aspasia se convirtió en uno de los blancos políticos de los que se sirvieron los comediantes y los oponentes del partido de Pericles. La atacaban, principalmente, por la influencia que ejercía sobre Pericles y porque regentaba una escuela de mujeres que, (…), estaba dedicada a convertir a las jóvenes en heteras. Con todo, no se puede afirmar que la intención de Aspasia fuera esa, ya que también cabe la posibilidad de que educara a las mujeres como un fin en sí mismo, sobre todo si tenemos en cuenta que Aspasia provenía de Jonia, donde la educación de varones y mujeres no era tan distinta como sí lo era en Atenas. En cualquier caso, debido a su ocupación como regente de una escuela de mujeres fue acusada de impiedad por el poeta cómico Hermipo y el adivino Diopites, ambos contrarios al gobierno de Pericles