En conversación con Rubén Barroso: Postales sonoras de Sevilla

Cecilia Pérez-Muskus




“Estar a la escucha es siempre estar a orillas del sentido o en un sentido de borde y extremidad, y como si el sonido no fuese justamente otra cosa que ese borde, esa franja o ese margen”.

Jean-Luc Nancy, en A la escucha

Pareciera que en nuestros tiempos la experiencia está mediada por aquello que capta nuestro ojo, es decir, por la imagen. Pareciera incluso que otras percepciones sensoriales suelen estar acompañadas –si es que no han sido completamente remplazadas– por lo visual: pensemos en cómo podemos “comer con los ojos” o cómo podemos “contactar” a alguien viéndolo a través de una pantalla. Frente a tal escenario, es una rareza entregarse en cambio al ejercicio de la escucha; y es que, a diferencia de la mirada, escuchar nos exige atravesar y habitar el tiempo en la medida que aquel se produce, un tiempo al cual con frecuencia renunciamos o que simplemente destinamos a cualquier otra cosa.


Podríamos entender el sonido, entonces, como una invitación a detenernos, a coger pausa, y permitirnos estar en el momento o incluso dejarnos transportar a otro tiempo y otro espacio.

Esta forma de aproximarnos al ejercicio de la escucha, más como una disposición que como una acción, ha sido uno de los objetos de interés predominantes en el trabajo del artista intermedia, comisario y educador Rubén Barroso Álvarez (Sevilla, 1964). Como parte de su investigación en el ámbito del arte sonoro, el año pasado inauguró la Fonoteca de Sevilla, un centro de arte que, a grandes rasgos, pretende crear un archivo con la intención de preservar el patrimonio sonoro de Sevilla y fomentar una didáctica de la escucha a través de registros de audio