Presentación de «Fotollavero mexicano», de Paolo Gasparini

Rafael Castillo Zapata


Más allá de la portada




En la invitación a este encuentro se dice: “Palabras de Sagrario Berti y de Rafael Castillo Zapata”. Las palabras de Sagrario son las palabras de la experta, precisas y claras. Y ya están anticipadas en el postfacio del libro que ustedes van a tener el privilegio de leer dentro de poco. Mis palabras son las palabras del amateur, en el mejor de los casos, y acaso, más bien, las palabras de un curioso impertinente, simplemente. Pero esas palabras me las pidió, generoso, el fotógrafo, y yo con gusto y sin pensarlo mucho acepté acompañarlo en la presentación de su Fotollavero mexicano. Y aquí estamos.


Lo que les voy a leer no es para mí sino una forma de agradecerle a Paolo que durante medio siglo haya hecho las fotos que ha hecho, un trabajo admirable cuya vasta y compleja trayectoria este libro recupera, repasa, repone, reencuentra, como corresponde a un artista que desde sus inicios abrazó el recurso del montaje como método de composición y de registro.


Todos los fotolibros de Paolo Gasparini son un viaje en el tiempo. Un viaje recurrente por la historia, por el ferviente nomadismo de su vida de cazador de imágenes y por su propia obra fotográfica, cuyas imágenes reiteradas se evocan mutuamente, retornan y vuelven a aparecer, las más viejas junto a las más recientes, como si entre ellas se profetizaran y se recordaran unas a otras en un continuo vaivén, en un sinfín de guiños y de alusiones, regresiones y progresiones que hace posible que la repetición en sus montajes sea siempre diferencia, revelación. Con los fotolibros de Gasparini nada es lo mismo aunque sea lo mismo; nada se ha visto aunque se haya visto todo o casi. Sus montajes son siempre inicios, constelaciones que incorporan no sólo retromundos sino protomundos: mundos que fueron, mundos que serán, y, en la encrucijada de ambos, mundos que están siendo con las mismas deudas éticas, con las mismas urgencias históricas, con la misma voluntad de no dejarse abatir por el conformismo, organizando el pesimismo, como decía Walter Benjamin, a quien citaré más adelante, o como decía Gramsci y recuerda Villoro, perseverando en la lucha con cierto pesimismo de la inteligencia y cierto optimismo de la voluntad.


Lo que viene a continuación es una reflexión un tanto desvariada en la que no puedo ofrecer otra cosa que algunas impresiones subjetivas de mi experiencia al revisar y paladear este nuevo viejo libro de Paolo que hoy presentamos. Como advertía al principio, no escucharán ahora al especialista en teoría de la imagen ni en historia de la fotografía o del fotolibro, que por supuesto no soy, sino al aficionado que simpatiza con la obra de un fotógrafo cuyos libros ha comenzado hace algunos años a coleccionar y los cuales repasa con placer cada cierto tiempo.


 

Al hojear el Fotollavero mexicano de Paolo Gasparini mi primera reacción fue de desazón. Una desazón que me acompañó a lo largo del repaso detenido y parsimonioso del libro –así miraba sus imágenes y leía el correlato continuo de sus pies, escritos por Juan Villoro– hasta que remonté su apretado cuerpo y llegué a la contratapa, pasando antes, claro está, por el iluminador ensayo crítico de Sagrario Berti y por la pequeña memoria que el propio Paolo escribe a propósito de su experiencia con la fotografía. Pero esa primera reacción de desazón, quiero insistir, persistió, y persistió hasta el final: página tras página, imagen tras imagen, pie tras pie, sin dar un traspiés, a menos que mi propia desazón sostenida fuera el traspiés, el traspiés de una lectura, de una visión que no fue cómoda ni complaciente, sino inquietante y retadora, ética y políticamente exigente y comprometedora.


En efecto, el libro de Paolo me estremeció y me conmocionó porque puso delante de mí –a traición casi– una convicción mía, antigua, que había dejado de tener en cuenta: una convicción que, a lo largo de estos años de escandalosa degradación de ciertos ideales libertarios traicionados, se fue eclipsando, sepultada por la avalancha de desmanes provocada por una grandilocuencia revolucionaria fraudulenta.


Esa convicción, que ha impulsado muchos de mis proyectos intelectuales y artísticos, comulga con el pensamiento heterodoxo y melancólico de Walter Benjamin. Su nombre viene muy a cuento ahora, pienso. Su nombre, su vida, su pensamiento. Y una tesis. La segunda tesis sobre el concepto de historia, que siempre evoco como un mantra ético que me ha sostenido en medio del descalabro de mi vida. Voy a citar esa tesis para explicarme. Voy a citar el fragmento que dice:


El pasado lleva consigo un secreto, por el cual es remitido a la redención. ¿Acaso no nos roza un hálito del aire que envolvió a los precedentes? ¿Acaso no hay en las voces a las que prestamos oídos un eco de otras, enmudecidas ahora? [...] Si es así, entonces existe un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra. Entonces nos ha sido dada, tal como a cada generación que nos precedió, una débil fuerza mesiánica, sobre la cual el pasado reclama derecho. No es fácil atender esta reclamación.


Me parece que el fragmento basta por sí sólo para entender la naturaleza de esa desazón mía, la naturaleza de la desazón producida por el inesperado reencuentro con una convicción que está ligada, sin duda, a esa palabra: redención. Una palabra que sigue siendo perturbadora por todo lo que de humano, demasiado humano, implica.



Créditos de reproducción: Vladimir Marcano



Esta convicción se fundamenta –lo digo de otro modo– en la idea, expresada por Emmanuel Lévinas, según la cual todo hombre es rehén de su prójimo. No hay mejor manera de decirlo. Y es lo mismo que quiere decir Benjamin cuando dice que tenemos una cita con las generaciones pasadas; y cuando añade que somos herederos de una débil fuerza mesiánica sobre la cual, en efecto, el pasado -el nuestro propio y el de todos, juntos- reclama derecho. Y es precisamente esa reclamación la que ha vuelto a poner delante mí, sacándome de mi complacencia y de mi apático ensimismamiento de desencantado, el Fotollavero mexicano de Gasparini.


Las fotos de Paolo me desazonaron, creo haberlo dejado claro, porque me sacaron de mi comodidad y me confrontaron de manera inesperada con mi propio pasado. Un pasado marcado por la simpatía utópica que dinamiza, en mí, un sentimiento de solidaridad espontánea con los oprimidos, de la clase que sean; un sentimiento que me obliga a reconocer, con Benjamin, como lo apunté arriba, que tenemos una deuda con todos ellos; una deuda que tendríamos que saldar, dice él, con nuestra débil fuerza mesiánica.


Dicho así, esto suena hoy, un poco o mucho, a despropósito. Expresiones como las que acabo de utilizar encienden alarmas en los oídos de muchos: simpatía utópica, redención, oprimidos, fuerza mesiánica. Son expresiones desprestigiadas, como revolución, como compromiso, como resistencia, y otras parecidas. Y son expresiones como éstas, precisamente, las que vuelven a poner en circulación Paolo y Juan Villoro, a cuatro manos, en el libro. Porque a las fotos, en él, las acompaña todo el tiempo el inquietante pie que escribe el narrador.



Créditos de reproducción: Vladimir Marcano



Las fotos hablan por sí mismas, por su parte. Me muestran, con su muda elocuencia –¡y es México lo que me muestran!, el México que convive con el fantasma de una revolución inconclusa, eterna materia pendiente de su política moderna–, la persistencia de la injusticia, la indomable perseverancia de los pueblos que no se doblegan y resisten, de los rebeldes que siguen reclamando –activistas y militantes–, de los que no cesan de protestar y de exigir sus reivindicaciones a pesar de las desilusiones, las frustraciones, las reiteradas derrotas, las promesas rotas, los ideales traicionados. Todo eso lo veo. Y me subleva y me duele. Y, por supuesto, me desazona, porque me reclama.


Este es, sí, un libro reclamante. Un libro de imágenes inquietantes que los textos de Villoro refuerzan, no al interpretarlas, sino al acotarlas con un sesgo de lucidez histórica que sorprende y desconcierta, porque nos pone por delante la evidencia de algo que ya sabemos pero que se nos olvida: la supervivencia de un status quo que no ha dejado de ser el mismo desde los tiempos míticos de la Revolución Mexicana, con todas sus deudas no saldadas, por no hablar sino de la sociedad en la que se inscribe tanto las imágenes como las palabras que las acompañan. Y son ambas experiencias, la visual y la escrita, las que me han conmovido a un tiempo, y me han desazonado desde el principio hasta el final.



Créditos de reproducción: Vladimir Marcano



Como quiera que sea, y aquí termino, no puedo más que agradecerle a ambos, al fotógrafo y al cronista, al montador de itinerarios –como atinadamente lo llama Sagrario Berti– que es Paolo y al intelectual justiciero que hay en Juan, el haberme puesto en contacto de nuevo con esa convicción que hoy me resulta a mí mismo incómoda, como ya he dicho; incómoda por que no sé si tenga ni el ánimo, ni la energía ni la dosis de ilusión necesarios para honrarla como es debido.


Este libro me ha traído un pedazo de mi pasado que, como dice Benjamin, lleva consigo, él también, un secreto índice por el cual es remitido a la redención. Pero, la verdad, yo no sé si yo, como acabo de decir, sea capaz, hoy, de redimirme siquiera a mí mismo. Tal vez, en este sentido, yo sea un caso perdido, o como dije alguna vez, cuando no dudaba de mis ilusiones redentoras, un árbol que creció torcido y que, como dice el proverbio, no hay modo de que enderece sus ramas. Es todo. Gracias.


 

*Palabras leídas en el marco de la presentación del fotolibro Fotollavero mexicano, de Paolo Gasparini, en la Librería El Buscón el 26 de enero de 2022


 

Rafael Castillo Zapata (Caracas, 1958) es poeta, ensayista, crítico. Profesor y Jefe del Departamento de Teoría de la Literatura de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela desde 1989. Investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos desde 1995. Profesor invitado en Brown University, 1993, y en Rutgers, 2006. Profesor de los Diplomados en Historia del Arte Occidental, en Arte Contemporáneo, en Arte Contemporáneo Latinoamericano y en Estudios Europeos de la Universidad Metropolitana. En 2016 curó la exposición del artista venezolano Andrés Michelena Elíptico, en la Sala Mendoza. Desde 2017 lleva adelante el taller de collage que se desarrolla en el Centro Documental de esta misma institución.
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