Contexto a distancia. Recorrido en primera persona leído por una segunda persona.


Texto: Mary Martínez (Venezuela)  /  Voz: Cristina Mejías (España)


Cápsulas

CONTEXTO A DISTANCIA. Recorrido en primera persona leído por una segunda persona fue un texto escrito por Mary Martínez y leído por Cristina Mejías en el evento Encuentro Sin Créditos, realizado en la Sala El Águila el 23 y 25 de noviembre del año 2017 en la ciudad de Madrid, España. Formas de enunciación y registro. ¿Cómo presentar/nos? ¿Cómo contar/nos?


Mi nombre es Mary y soy venezolana. Hoy no estoy en presencia física, pero sí textual y visual. Las palabras y las imágenes que acompañan mi relato forman parte de este ejercicio de enunciación que me permite compartir con ustedes mi contexto. Hoy, este ejercicio de distancia, me permite re-pensar cómo presentar-me, contar-me. Resulta pues una experiencia bípeda, de narración y de imagen, una experiencia de intento de conexión, de puente. Cristina Mejías, quien amablemente ha cedido su voz y su tiempo para esta narración, se presenta hoy como canal de transmisión, como emisaria o portavoz de mis ideas. Ella, al aportar su cuerpo, su voz y su acento, hace que la experiencia se particularice aún más, ahora ella participa de este juego del discurso, donde la reciprocidad de nuestro intercambio hace que mis palabras cobren cuerpo, que se hagan declarativas, un manifiesto. Cristina es el puente para esta correspondencia. Además, Cristina no es cualquier emisaria; ella acaba de regresar de su estadía de un mes en mi país, por lo tanto, su experiencia, a través de mis palabras, también cobra presencia. Este ejercicio de hoy, por lo tanto, también es cíclico o concéntrico: mis palabras son enunciadas por la voz de Cristina y luego retornan a mi texto, al pulso de este relato. De igual manera, para mí, escuchar estas palabras en su acento es una forma de extender mi contexto hacia afuera, de extender su significado hacia el otro. Decir quién soy y qué veo en otro acento, en otro entorno y sin ver al otro, a los otros, a ustedes es una idea que se me sube a la cabeza. Por un lado, me emociona pues es el ejercicio de una carta que ha viajado muchos kilómetros para ser leída en intimidad; y por otro, me hace ver el aislamiento, la circunstancia que no me permite viajar dada la precaria realidad que vivimos.


Y es que hablo desde un país en conflicto. Un país del cual seguramente ya todos tienen una referencia más o menos concreta de lo que ocurre. O quizás no y hoy, a través de este texto, puedan acercarse, de una manera distinta, a esto que nos pasa. Este país, Venezuela, hoy se ve a sí mismo desde dos lentes, dos polos: el primero, se adosa encarecidamente a una idea de arraigo, de “logros” alcanzados por una “revolución” pero sobre todo por un hombre que les dio voz propia, una voz ruidosa, que grita a los cuatro vientos y que pisa firme aún cuando el suelo tiembla; el segundo, se desgarra en otro grito de agonía, de una cotidianidad que se convierte en odisea y en hartazgo, en obstáculos cada vez más pronunciados para llegar o más bien, para vivir. Ese país desde el cual hablo, desde el cual enuncio, se convierte en el lugar desde donde, inevitablemente, leo mi entorno y mi tiempo. Mi país, y su situación actual, es el tema del cual no nos podemos zafar, es una presencia latente que, en cualquier conversación, se manifiesta como intruso, como eterno compañero de cualquier charla incluso de las más nimias. Por ello, este recorrido íntimo que propongo el día de hoy es otra manera de contar mi contexto a través de mi interacción con las obras de los artistas españoles que forman parte de las muestras El día de mañana y Correspondencias de Ultramar #4, ambas en la Sala Mendoza, Caracas, Venezuela.


UNO


La noción del otro en mi país ha cobrado muchas dimensiones, especialmente una dimensión negativa, que separa, que determina una distancia feroz ante las ideologías políticas, las diferencias de clases, las realidades específicas. En la obra tro,tro de Cristina Mejías, esa relación con el otro se establece como experiencia fundamental. ¿Cómo nos comunicamos con aquel que es distinto a mí? ¿Cómo interactuamos con aquel que maneja un lenguaje distinto al mío? ¿Cómo puedo llegar al otro respetando su espacio y su procedencia? No puedo evitar trasladar esta reflexión a nuestra realidad de des-comunicación. Venezuela está fracturada en dos contextos muy distintos, que si bien es cierto que la popularidad del gobierno ha mermado, la semilla del socialismo, del chavismo aún está latente para muchos y resulta increíble, por lo menos para mí, que aún existan personas que defienden o justifiquen esta “ideología” ante los resultados macabros que hemos ido sufriendo. Por ello, no puedo evitar preguntarme en cómo podemos pensar la comunicación entre esas dos realidades que son tan extremas y que viven en paralelo. Es como si existieran dos países en un mismo territorio. Por ello, la relación que establece la obra entre contrarios es una plataforma para pensar en esa distancia. ¿Podemos apelar a la comunicación como ejercicio de reconciliación? ¿Cuáles serían las herramientas para poder llegar al otro, para poder escucharle, para poder intercambiar sin prejuicios?


Así mismo, la obra da pie a pensar en la hegemonía del discurso, la hegemonía de la conversación. Y eso, es otro de los conflictos que hemos vivido a lo largo de casi veinte años de este gobierno. El poder hace uso del discurso para enamorar, para atraer a la masa y hacerla partícipe de una idea, desde allí se establece el dominio. Quien lleva la rienda del caballo, tiene el control, tiene el poder de dominarlo y de amaestrarlo para sus fines. Así, un gobierno puede mantener amaestrado a un pueblo para que aplauda cuando se requiera, para que vote cuando sea necesario – y por quien sea necesario-, para que se mantenga atado, sin chistar, a sus ideas y propuestas. La rienda sigue atada para algunos, pero ya no son tantos.


¿Cómo desatamos la rienda que nos gobierna?


DOS


Actualmente, mi país está urgido de muchas cosas. Estamos ante emergencias humanitarias muy dolorosas: escasez de medicinas, alerta de enfermedades escandalosas como paludismo y difteria, una desnutrición con estadísticas muy tristes con niños que fallecen cada semana. Todos los días una noticia como esa nos empaña el corazón y nos hace sentir completamente vulnerables, impotentes, indefensos. La obra de Pep Vidal f (t) = f (t-t0) me hace pensar en una de esas cosas que nos urgen como país: el cuidar del otro y el cuidarnos.


Esta instalación con un montículo de tierra y un samán tipo bonsái, apela, en principio, a una fórmula matemática, a una relación entre proporciones y masas. Sin embargo, en la cotidiana relación de cuidar del bonsái, de regarlo, de contemplarlo, la reflexión con la obra apunta a esta necesidad de proteger, de velar por este ser vivo dentro de un espacio que le es un tanto hostil pues la entrada de luz solar es muy estrecha, casi nula. La obra me pone entonces en ese contexto de sensibilidad hacia otro ser vivo, en la urgencia de atender sus necesidades, de brindarle un poco de mi tiempo para que se mantenga respirando. Se han dado muchos casos en el país de redes solidarias, de grupos de whatsapp para conseguir medicinas, de grupos organizados para distribuir comida, no son pocos los ejemplos de solidaridad que estas circunstancias han hecho más urgentes. Cuidar de este samán es una metáfora de esa necesidad, de esa disposición que muchos tenemos para ayudar al otro. Agradezco la oportunidad de regarlo y me llena de melancolía verlo dentro de una Sala, es toparse con una vulnerabilidad latente, con esa indefensión que adolecen nuestros niños, nuestras instituciones, nuestra sociedad entera. El samán no es sólo metáfora sino manifiesto de una urgencia de atender-nos.


¿Cómo podemos cuidar-nos un poco más?


TRES


En la obra de Núria Güell El día de mañana, la artista se tatúa esa frase en la planta del pie y nos muestra cómo la frase va desapareciendo de su piel como resultado de la fricción al caminar. En el arco de su pie, sólo queda día d.



Aquí, el sentido de urgencia también me interpela y me acosa. En nuestro país, todos los días se viven con ese apremio por el futuro, con esa angustia por saber qué se va a comer al día siguiente, si nos alcanzará el dinero ante la hiperinflación, si el día de mañana subirá otra vez el dólar lo cual llevará a un nuevo aumento de los precios, si el día de mañana habrá un cambio. La incertidumbre por el mañana se ha convertido para nosotros en una dimensión política y social que se nos hace cada vez más punzante. Todo lo que vivimos tiene esa condición de emergencia que alimenta nuestra inestabilidad económica, política, social pero sobre todo emocional. Escuchar y ver el momento en que la artista se hace el tatuaje, escuchar el rítmico sonido de la aguja sobre la piel, es una letanía que me recuerda esa condición de rutina, de experiencias límites ante una situación que nos ha puesto al borde de nuestra capacidad de concentración, de reflexión, de aguante. Lo que vivimos ha sido, es, una prueba muy dura que enumerar más obstáculos que logros, más aislamiento que apertura. El día de mañana se nos presenta como un abismo. Si pensamos con esperanza, el día de mañana podría traer ese cambio político que se anhela y que nos urge. Si pensamos con sensatez, el día de mañana seguirá siendo un duro experimento de adversidades pues el cambio cada vez más se ve como utopía.


No puedo evitar pensar que el país está atado a una necesidad urgente de futuro, de un futuro distinto a este presente de agobio, un futuro que acumule nuevos días de sosiego, de entrega, de trabajo, de tranquilidad. Esa frase que se borra en el pie de la artista advierte esa necesidad de tiempo, de un tiempo que pasa, que borra heridas y deja aprendizajes. Venezuela necesita eso: tiempo para aprender de sus errores y tiempo para curar sus profundas heridas.


¿Cómo se curan las heridas de nuestra historia?


CUATRO


Ahora me siento en una oficina, me siento en un espacio formal de intercambios bursátiles, financieros, un espacio de negocio. Aquí, en esta oficina dentro de la Sala, me siento – de sentir, no sentar- en un ambiente hostil, frío, ajeno. Los negocios no son lo mío pero cómo mueven nuestro mundo. En esta obra, Núria Güell nos deja un registro de su acción al reunirse con una Escuela de Finanzas y abrir su propia empresa en un paraíso fiscal.


FOTO DE LA OBRA DE NURIA GUEL

La Venezuela de hoy conoce muy bien estos escenarios. Me siento en esta oficina y miro alrededor y pienso en mi propio capital, en mis años en este país como contribuyente fiscal, en mi relación como ciudadana ante un Estado que regula. Y todo me regresa a una frustración e impotencia inconmensurable. Soy apenas un número, una estadística dentro de los venezolanos que aún no se han ido del país pero que tarde o temprano buscará la manera de hacerlo ante la truncada proyección que tenemos; soy apenas una estadística de adultos que aún viven en casa de sus padres pues ser independiente en este país es misión imposible, soy apenas una estadística dentro de los venezolanos que han protestado y marchado y votado en contra de este gobierno y han sido burlados una y otra vez por un sistema decrépito y corrupto. Me siento en esta oficina y no puedo evitar pensar en todos los que se han lucrado a costa de una ideología, a costa de un supuesto socialismo, a costa de un país entero en miseria. Sentarme aquí, en este ambiente de oficina pulcra, donde lo sucio ocurre en las letras pequeñas, me interpela nuevamente ante el abuso de poder, ante la iconografía de ese abuso y de esa necesidad de amasar riquezas, resguardarlas y buscar que crezcan a todo dar, sin mirar atrás y sin importar la ética. Ser rico, bajo el lema del actual gobierno, es malo. Es malísimo. Pero es sólo eso: un lema. Ellos lo venden pero no lo compran. La definición de cinismo e hipocresía se gesta, todos los días, desde una oficina gubernamental.


¿Cómo luchamos contra el sucio juego del dinero mal habido?


CINCO


Y ¿Qué pasa cuando tocamos las manos del otro? ¿Cómo nos conectamos con su piel, con sus venas? Así como necesitamos cuidarnos, necesitamos tocarnos un poco más. La distancia que hoy nos aísla no es solamente la del territorio, esa que nos aleja de los seres queridos que han podido emigrar, de todos aquellos que han podido establecerse fuera de esta locura; también está la distancia del enajenamiento cotidiano, de la rutina vociferante. Las calles cada vez más están repletas de actitudes hostiles, la calle es cada vez más un escenario de guerra, de paranoia, de emergencia. Y nosotros, los que vivimos la ciudad, somos presa de esa dinámica. Somos seres de lo inmediato, del caos que impera y que sentencia nuestros días como si fuera normal, somos presa del grito, de la ciudad dividida en territorio chavista y territorio escuálido, de la ciudad unida por la misma inseguridad. Todo es un cúmulo de angustiante cotidianidad que nos aleja del otro. Por eso, no puedo evitar extender mi mano y posarla sobre la imagen proyectada en una comunicación a través del tacto. Quiero formar parte de ese vínculo. Las texturas que contrastan en estas pieles son un llamado a la diferencia y a la sensibilidad, son un llamado a la poética, a la entrega. Mi mano se funde con la imagen proyectada y anhela un contacto que solo puede imaginar pues esas manos, evidentemente, no están allí, no son carne, son la bella ficción de la imagen. Esas manos, además, están haciendo del dibujo una conversación activa, pausada, sutil. Ese dibujo, ese código que se hace a lápiz, es también una experiencia de conexión con el otro. Tomarse de la mano, ser guía y dejarse guiar, me parece que es una acción que nos hace falta, es una acción de comunidad y de compromiso que inevitablemente nos baja la guardia, nos invita a ser parte del pulso del otro.



¿Y si nos tomáramos de las manos y dibujásemos juntos un país nuevo?


SEIS


Y llega un punto en donde te percatas que eres eje. Que eres el centro de todas tus decisiones. Hoy, ante ustedes y ante estas reflexiones sueltas, concatenadas, esquivas, utópicas, me encuentro como eje de mi estar en el país, de estar viviendo este momento histórico, de estar aquí. Hoy, me encuentro delante de varios caminos, de decisiones que se presentan determinantes, de reflexiones personales y colectivas y delante de estas cimas que Alicia Kopf ha dispuesto como interrogantes, como plataformas no puedo evitar pensar en esa idea de eje, en ese compromiso con nuestra vida.



¿Qué se puede elegir? ¿Una vida simple, una ordinaria o en cambio, una privilegiada? ¿Tenemos esa capacidad de elección bajo las circunstancias de país que hoy nos agobian? ¿O más que elegir, se trata de construir esa condición de vida, de prepararse para ello, de mentalizarse? ¿O es más bien un ejercicio de visualización, de reconocer la simpleza o lo ordinario de la vida que vives o, en cambio, de saberse privilegiada pues aún tengo comida en casa, pues aún tengo la oportunidad de trabajar, de hacer lo que amo en un contexto agreste?


El arte, o digamos la experiencia artística, siempre encuentra una manera de interrogarte, de hacerte ver en el espejo, de interpelar tus verdades. Hoy me encuentro en este ejercicio de contarme, de revisitar mis ideas a través del matiz que supone mi entorno y de los vínculos que establezco con estas propuestas en una Sala de arte contemporáneo. Todo me lleva a dilucidar sobre lo que creo ético, lo que creo urgente, lo que creo necesario para una sociedad que tiene tanto que ofrecer pero que ha sido vejada y dividida en pro de ideologías baratas. Las cimas que están frente a mi son también las cimas que nos esperan como colectividad. Pero todo empieza con una sola persona. Yo me muestro hoy con la capacidad de creer en el talento humano y en el trabajo constante de muchos venezolanos dentro y fuera del país. Porque el país lo hacemos dentro y fuera de su territorio, esa es la cima que me gustaría pensar que todos tenemos en la mira: construir.


¿Cómo comenzamos a escalarla juntos?


Mi nombre es Mary, soy venezolana y hoy me encuentro con ustedes en la distancia, buscando que mi voz aporte al silencio de algo que aún se llama país.